Si la pelota la tenemos nosotros,
los adversarios no pueden anotar.
Nils Liedholm
 
La belleza es una emboscada en la tarde. Inesperada y furtiva. El sol palidece lento atrás de los árboles del pinar de Castel Volturno. Ningún ruido. Sólo el golpe grave del balón pateado y lejanos recordatorios a gritos de tácticas y pases. El césped verde y su olor. Un aroma que te reconcilia con la vida y con el futuro. El entrenamiento del equipo del Napoli. Los muchachos que salen disparados, como asaltantes. Los tiros imprevistos, en busca del presagio del gol en el partido. Esto es Cavani. Facilidad de ejecución. Naturalidad de movimientos físicos y técnicos. Ejercicios con el balón. La seriedad que conmueve, rota por carcajadas incontenibles de quien tiene veinte años. También las carcajadas son serias. No necesitan amonestaciones autoritarias. Se interrumpen solas. Desaparecen frente al pánico escénico. El domingo es el partido importante. Hasta las paredes y los mafiosos de la Camorra lo saben. Una cosa es el futbol. Otra es el futbol visto de cerca. Otra más es el futbol de los campeones de la serie A visto desde la belleza del pinar de Castel Volturno. Un oasis que se ha salvado quién sabe cómo de la devastación urdida por la ignorancia. El litoral al norte de Nápoles se repliega tristemente desde hace años sobre su propia muerte, haciendo que ni la nostalgia de lo que fue encuentre lugar. La transformación hacia la decadencia ha sido tan radical que el corazón ya no puede hacerse cargo de la melancolía. Pero este rincón bajo el cuidado de la Societá Sportiva Calcio Napoli hace revivir el milagro. Las cosas están intactas, mejor que antes, mejor que cuando yo iba a cantar a Baia Verde porque era un sitio de prestigio. Por una vez, no tengo que decir cuán mejor era entonces. Parece mejor ahora.
Olvídense del fanfarrón congénito que llevo dentro. Cuando Tony Pagoda desembarca en el campamento del Napoli para asistir al entrenamiento y saludar a los futbolistas, lo agarra la timidez. Como ante Dios.
Los jugadores son ángeles atravesados por la belleza de los tiempos mejores. Dentro de las reglas férreas del profesionalismo, no se logra contener un sentimiento que emana por todos lados. Surge desde el interior de las regaderas y debajo de los tubos de escape de los BMW negros. Brota en medio de las mallas metálicas y en las palabras en código del grupo. Es el sentimiento de libertad aplicado a aquella edad de la vida que se acabará añorando para siempre, sin interrupciones, con obtusa obstinación y agresiva envidia. ¡La libertad! ¡La libertad! ¡La libertad!
Me vale madres si los jugadores son consentidos o arrogantes, soberbios o presumidos. Son muchachos. Saben hacen sin esfuerzo las cosas difíciles. Un hecho que no deja de conmoverme y maravillarme. Corren entre los postes con saltos de guepardo y esto basta para decir que estoy enamorado de ellos para siempre. No se construye la vida lamentándose desde el fondo de un sillón. Quien corre y grita le gana al mundo entero y a mí.
 
El entrenador Mazzari habla en privado con Lavezzi. Nada grave. Así se acostumbra. Un equipo tiene muchos hijos y muchos padres. Mientras espero a que terminen y comience el entrenamiento, le echo un ojo a otro entrenamiento, el de los muchachos del Primavera. Dieciochoañeros que dominan el nuevo dialecto napolitano, una lengua desconocida para mí. Caras de pillo que luego se van al bar Cavallo. Gente del pueblo que, frente al balón, se convierte en príncipes y aristócratas. Se destacan por encima de la mierda. Hacen arte. El entrenador les echa un discurso de los que se debería enseñar en la escuela.
Va más o menos así:
Los muchachos no dicen ni una palabra. Aguantan. Y se aplican como artesanos en vías de extinción. Ya no piensan en el bar Cavallo.
Luego puro balón, piensan.
Una vez más, nos movemos en el campo de la belleza pura.
Corren como condenados. Poco después pasan los jugadores de la serie A. Al final aparece él, el Pocho, Lavezzi. Los del Primavera lo miran como se mira a Jesús cuando estaba en plena forma.
 
Conozco bien a Lavezzi. Lleva la generosidad en los poros. Está consciente de su papel. Sabe que es un dador de alegría.
En una habitación le pregunté:
Él se puso frente a la cama matrimonial, dio un salto de dos metros y me mostró cómo se hace la chilena en la serie A. Yo estaba a un metro. Éstas son cosas que se quedan pegadas a la memoria de un hombre. El Pocho, cuando habla, tiene una sola misión: emanar equilibrio de sí mismo. No lo culpo. Vive en la ciudad más desequilibrada del mundo. Y todos, algunos de buena fe, otros no, complotan para arrastrarlo al desequilibrio.
Él me lo dice a su manera:
Y es verdad. Tiene un hijo. Un divorcio. Una novia argentina.
Le digo:
Responde:
Me lo repite seguido:
Se le escapa una mirada triste:
Y le creo. ¿A quién le gustaría abandonar el césped perfumado, el estruendo de la gente, tan fuerte que a veces en la cancha nos gritamos y no nos escuchamos? El dolor de panza el sábado antes del partido. Las carcajadas y los autobuses. Los arranques del profe entre el primer y el segundo tiempo. Las piernas que no se sienten después del partido. Si esto no es vida, es felicidad. Y como todas las instituciones de felicidad, puede ser insoportable. Tanto que el Pocho a menudo piensa en dejar el futbol. Ya lo hizo una vez a los dieciséis. Luego los cazatalentos fueron a jalarlo de los pelos. Muchas son las condiciones humanas difíciles de afrontar, la felicidad por encima de todas. Las orgías convulsivas de los nuevos acontecimientos dan miedo. Es necesario contenerse.
Otro padre me pasa por enfrente. Se llama Cristiano Lucarelli. Futbolísticamente hablando, ya no es muy joven. Parece un excelente abogado con afición al gimnasio, y en cambio es un crack del balón. También él transmite serenidad. Un equipo es una compleja mezcla de equilibrios. Por cada uno que va a doscientos por hora en un coche sin placas hace falta un Lucarelli para compensar. Por eso los balones acaban al fondo de la red los domingos. Se empieza desde lejos. Se empieza desde la humanidad, no desde el talento.
El Pocho me lo dice:
Me mira sin titubeos y dice en tono neutro:
 
El mejor amigo del Pocho es Campagnaro, que se parece a Kevin Costner, pero todos los sudamericanos del Napoli son un grupo en el grupo. Inseparables y alegres. Del vestidor, a un volumen monstruoso, llega música brasileña.
Pasa Hamsik, lentes y mirada de inteligencia absoluta. Parece un joven médico. Tiene un aire educado que lo vuelve elegante. Una complexión normal.
El Pocho me dice con sinceridad:
Muchos lo saben. Lo querrían todos los equipos a fuerza de millones. Él se quita los lentes y traza geometrías en medio de la cancha con la seguridad de un profesor universitario que lleva cuarenta años estudiando la misma materia.
Todo este clima idílico, tranquilo y sereno, sufrirá un corte abrupto el domingo. El día esperado. El día de la guerra. Hoy tenemos la calma antes de la tormenta, pero el domingo probablemente tengamos un defensa que desde el primer del juego emprenderá su guerrilla psicológica contra Lavezzi. Esto es lo que el futbol por tele no logra mostrar. A menudo el defensa ofende, susurra, lanza amenazas al delantero aun cuando el balón está lejos. Tiene que inhibirle la mente antes que las piernas. Porque, como reitera el Pocho, la cabeza lo es todo. El más cagante de todos, en esta guerra, es Chielini. Un coloso que juega con la Juventus.
El sol está yéndose.
En el entrenamiento, Dossena practica tiros, a contraluz. Desfonda la red con violencia inaudita. Es el estado de relajamiento lo que lo vuelve impecable. Si también en el partido se lograra preservar esta dosis de soltura, se ganaría siempre. Pero no es así.
Cavani busca la portería desde cualquier posición. Si no anota, no vive. Es la condena del centro delantero, es bien sabido.
Mascara sale de la nada, como los ratones.
Zúñiga mueve las piernas como campeón de ritmos latinos.
Lucarelli corre solitario con un cronómetro en mano.
Lavezzi se burla de su amigo procurador que lo espera al borde de la cancha para recordarle, entre chistes y carcajadas, que lo quiere mucho y que, como su novia se va, él estará ahí para contenerlo.
Es el espectáculo inigualable de la serie A.
El espectáculo de quien hace cosas prohibitivas para los simples mortales.
El otoño esparce aromas maravillosos. El sol está cada vez más bajo. El entrenamiento está a punto de concluir. Pero, después, el profe se materializa. Decide la defensa y el ataque. Hace una práctica. Explica algo tan complicado que creo que nadie entendió nada. Estoy seguro. Parecen nociones de geometría avanzada aplicada a un balón que rueda y todo debe ejecutarse en tres segundos.
Mazzarri dice:
El ataque se mueve, la defensa se mueve. Mazzarri se encabrona. Lo vuelve a explicar. Grita, se agita. Regaña a Aronica que se distrajo con el masajista. Para hacer más comprensible la práctica recurre a otro torbellino de palabras que a mí sólo me parecen una complicación más.
Dice:
Y, como en un cuento, todos empiezan a moverse como le dijo. El que no entendió nada fui yo. Yo soy cantante. Ellos entendieron todo. La mente, en el futbol, no es sólo una cuestión psicológica, sino un núcleo que debe respetar las órdenes del profe y son pocos los segundos que se tienen para hacer bien las cosas.
Pero Mazzarri insiste, no está contento. No puede estarlo, si se contentara, la carcacha se destartalaría en diez minutos. Quiere la perfección. Quiere que el papelito que agita entre las manos con dibujos complicados se vuelva realidad. Por eso, suelta de repente algo que me sobresalta.
Dice:
Uno contra uno. Marcaje al hombre. Bruscolotti contra Butragueño en una noche en el San Paolo contra el Real Madrid. Cuando jugar en la noche era un evento excepcional que te hacía subir la adrenalina hasta el pelo pintado. Gentile contra Maradona. La camiseta desgarrada. El calor, la cerveza y la despreocupación. Nostalgia por mis mejores años. Te engañas diciéndote que el mejor era que antes, pero no es cierto, es un pretexto, eras tú el que era mejor antes. Para recordarlo necesité al profe, que ahora sigue gritando a lo lejos:
Fuera del estadio. Chocolate corriente, dos por mil liras.
El regateo con el revendedor.
Los amigos del partido llegan al estadio en el 850 de Giampaolo Galluzzi.
Siempre en los mismos lugares en el coche, porque de otro modo perdemos.
Tocar madera para espantar la mala suerte.
Se me llenan los ojos de lágrimas.
También la nostalgia es una forma de belleza.
Otra emboscada en esta tarde bellísima.
